Como especie, hemos actuado repetidamente basándonos en prejuicios heredados, convenciéndonos de que ciertos grupos son de alguna manera menos humanos, menos merecedores de dignidad, o incluso de vida. Al hacerlo, hemos cometido atrocidades mientras nos decíamos a nosotros mismos que eran necesarias, justificadas o merecidas.
La deshumanización que precede al genocidio, el odio racial que alimenta la violencia, el pensamiento tribal que hace que otros sean prescindibles; nada de esto comienza con el acto en sí. Comienza con el lenguaje que usamos, las historias que nos contamos y los prejuicios que transmitimos a nuestros hijos como reliquias envenenadas.
Quizás lo más trágico es que el peso de nuestros pecados colectivos e individuales puede aplastarnos. Nos consume la culpa por nuestras acciones pasadas o una terca negativa a reconocer esa culpa. En ambos casos, perdemos nuestro camino.
El camino a seguir, tanto para los individuos como para la humanidad, no reside en la negación o la autodestrucción, sino en el coraje de enfrentar nuestros fracasos honestamente, de enmendar donde sea posible y de asegurar que los odios y prejuicios que llevaron a estas tragedias no se transmitan a la próxima generación. La diferencia entre la sabiduría y la ruina a menudo no radica en los errores que cometemos, sino en cómo elegimos asumirlos. La sanación no puede comenzar hasta que uno haya reconocido sus malas acciones y haya aprendido, por fin, a perdonarse a sí mismo.



